Lilibeth

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La reina Isabel II de Inglaterra tuvo una educación acorde a su época, su rango y su condición femenina. De pequeña, recibió lecciones privadas del vicerrector de Eton en las que memorizó la Constitución. También aprendió a coser, a bordar y a recitar poesía. Ni matemáticas, ni historia, ni ciencias. Eso es, al menos, lo que nos cuenta Peter Morgan, el creador de la excelente The Crown. En la serie, la reina se lamenta de no estar preparada para despachar de igual a igual con Churchill en temas como la Guerra Fría. Parece un chiste, la Champions de la geopolítica, esos tête à tête con el bulldog británico. Ignorando los consejos de su entorno, “para qué te vas a esforzar en aprender cosas ajenas a tu naturaleza”, la reina se busca un preceptor y empieza a hincar codos.

Esta Lilibeth de la ficción, moza menuda y retadora, se va convirtiendo a medida que avanzan los capítulos en una heroína luminosa, una que desea ejercer el poder no por designación divina, sino porque es capaz de argumentar sus posiciones. Evita el atajo de David; lanzar una piedra a traición te saca del apuro sólo de forma puntual. Ella prefiere crecer para enfrentarse a Goliat desde una altura similar. No sabemos cuánto hay de verdad en esta anécdota de las deficiencias académicas (probablemente sea inventada) ni en muchas otras de las tramas de The Crown, pero Peter Morgan consigue dibujar un retrato apasionante y cercano de un personaje cuya cotidianidad es inconcebible. A pesar de que siempre haya estado ahí. Morgan, guionista también de The Queen (la peli de Stephen Frears) le tiene pillado el punto. Convierte a la señora que sale en las monedas gordas de one pound en nuestra persona favorita cada vez que nos habla de ella.

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