La muerte de Gilbert Blythe

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La muerte prematura del actor Jonathan Crombie me ha tenido apenada durante varios días. He languidecido como una damisela antigua por alguien a quien nunca conocí personalmente, un intérprete de físico convencional con una carrera anodina cuyo nombre no habría sido capaz de recordar hace una semana. No quiero menospreciar el hecho de que Crombie haya fallecido con cuarenta y ocho años, pero lo cierto es que la realidad trágica de su desaparición repentina no tiene que ver con mi padecimiento. Para mí, para casi todo el mundo que le reconozca como actor, él será siempre Gilbert Blythe, el enamorado de Anne Shirley en la adaptación más famosa del clásico de Lucy Maud Montgomery, Ana de las Tejas Verdes, la miniserie para televisión dirigida por Kevin Sullivan. Como destacaba hace unos días un obituario de The New Yorker titulado “Why we loved Gilbert Blythe”, fue el primer amor de muchas adolescentes que, como yo, vieron en su personaje la cantidad justa de encanto, inteligencia y generosidad como para caer prendadas sin remisión. Yo no lloro la muerte de Jonathan Crombie, sino la de Gilbert Blythe.

No es una frivolidad. Igual que hay gente de carne y hueso que se cuela en nuestra educación sentimental sin pedir permiso, también los personajes de ficción conforman nuestra memoria emotiva. En aquella etapa en que los afectos estaban aún en crudo, Gilbert Blythe tenía para mí el mismo valor real o imaginario que un chico mucho mayor que yo que me gustaba y que nunca supo de mi existencia. Para mí es ese chaval al que observė encandilada durante largas horas de reposición en el maltrecho VHS familiar. Recuerdo su cara redonda, su ademán gentil y su sonrisa amable que siempre era la misma, pero era mucho más de lo que jamás me dedicó el otro ingrato.

06_MAYO 2015

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