Humanidad superdotada

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Si alguna vez me ocurre algo malo, pero malo de verdad, me gustaría que a la llamada de auxilio acudiera Catherine Cawood. La protagonista de Happy Valley es policía y, como ella dice, tiene una existencia complicada, para que nos vamos a engañar. Básicamente, vive en una película de Ken Loach de mediados de los noventa, en uno de esos dramas de corte social en los que cualquier cosa que pueda ir a peor, irá a peor. Ella sostiene a su maltrecha familia, a su hermana ex adicta a la heroína y a su nieto, fruto de una violación y la razón por la que su hija se suicidó siete años atrás. Con el inmaduro de su hijo tiene una relación intermitente, igual que con su exmarido. Entre caso y caso, ha de lidiar con el malnacido que engendró a su nieto, un psicópata egoísta que se niega a desaparecer de su vida. Sin embargo, Catherine es capaz de seguir desarrollando su labor como sargento de la policía local con pericia y una humanidad superdotada, con una empatía genuina. Aunque tenga los ojos escocidos del llanto, ella continúa fijándose en cada detalle que pueda ser importante para una investigación. Así tenga el pecho fatigado de pena, no le duele prenda esforzarse sin medida.
Habrá quien prefiera que le resuelva las cuitas un fornido muchachote que espante a los malos a mamporro limpio, o una espigada jovenzuela asertiva y pizpireta. Yo quiero a esta Catherine, amargada y hasta antipática a veces. Triste, muy triste detrás de su ironía, con esa pinta de ni mirarse al espejo de tan preocupada que está por los demás. No es sólo la mejor agente de la ley que ha dado la televisión en años: es también la persona que más admiro de un tiempo a esta parte.

 

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