Cargo de conciencia

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Eran las ocho y cuarto de una mañana a principios de agosto en el año 1945 cuando Paul Tibbets vació sobre Hiroshima la carga que preñaba el Enola Gay, un avión que el piloto había bautizado con el nombre de su madre. Little boy, “pequeñito”, un apelativo dulce, íntimo, para un artefacto que se llevó por delante a ciento setenta mil personas. La mayoría agonizó durante días, abrasados y envenenados. Paul Tibbets murió mucho tiempo después, a los noventa y dos años, sin remordimientos, decía, orgulloso de haber contribuido a zanjar la Segunda Guerra Mundial.
Paul Tibbets no sale (al menos, todavía) en Manhattan, una serie que recrea la vida de los científicos encerrados en la base secreta de Los Álamos durante el desarrollo del proyecto de gestación de la primera bomba atómica. De los científicos y de sus familias, niños que van al colegio, amas de casa que ven películas de Vivien Leigh, de Lana Turner, soldaditos que cortejan a las adolescentes locales. Todos ellos individuos tristes, infelices, intoxicados por algo más que las emanaciones radiactivas de los experimentos. La mayoría desconoce el objetivo final de la misión que les ha reunido en ese páramo en mitad del desierto, pero da la impresión de que los pocos sabedores proyectan la pesadumbre de su conflicto moral en el resto, ese cargo de conciencia que Tibbets decía que nunca había sentido. El líder del equipo, el pragmático Frank Winter, está obsesionado con inventar un arma tan poderosa que disuada de llevar a cabo guerras futuras. Al ser despedido, uno de sus más estrechos colaboradores manifiesta el sosiego que le provoca poder salir pitando de tamaña contradicción: “Me siento aliviado. Entiendo que alguien tiene que construirla, pero me alegro que no vaya a ser lo que escriban en mi epitafio”.

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