Alma en pena

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He llorado mucho con River. Son seis horas de intensa investigación policial (distribuidas en otros tantos capítulos) en las que el misterio se resuelve mientras que la tristeza del protagonista, el otro tema central, no tiene arreglo. El hombretón que interpreta Stellan Skarsgård, casi dos metros de detective, sueco, además, que suelen puntuar alto en el rollo depresivo, analiza su melancolía mientras avanzan las pesquisas. Es un sesentón taciturno al que le cuesta coger confianza con los compañeros nuevos y que mantiene las distancias con los de toda la vida. Prefiere estar solo porque, según dice, así no tiene que fingir. Es consciente de que sufre algún tipo de demencia.

“La locura puede aportar su propia forma de claridad”, John River no es un esquizofrénico descontrolado, sabe que lo que le sucede no es normal y logra mantener la compostura casi siempre. Ha tenido tiempo de practicar, lo suyo viene de antiguo. Vive anclado en el pasado, unido a sus traumas, obsesionado por un caso en concreto, el asesinato de alguien a quien quería mucho y del que se siente responsable. Renuncia a cualquier tipo de ayuda, no quiere terapia ni compasión. Su realidad paralela conforma su cotidianidad, lo tiene asumido y saca ventaja de ello; sus procesos mentales son más claros y su trabajo como policía, mejor cuanto más profunda es su chifladura. Comprendes su aflicción y su obligada soledad y sientes su dolor como propio. John River sufre remordimientos constantes y eso se le nota hasta en esos andares de Frankenstein que tiene. Le pesan los brazos, le pesan las piernas, le pesa la vida entera. La serie es apasionante, ejemplar como thriller y como drama. River es un alma en pena que vaga por un Londres que podría ser cualquier ciudad grande, “una ciudad para los que deberían estar en otro sitio”.

 REVISTA 21 JULIO 2016

 

 

 

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