Te quiero, Louie.

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Cuando Lucille Ball buscaba una manera de ahorrar costes para la comedia que pretendía colocarle a la CBS y que terminaría convirtiéndola en la primera rachelgreen de la historia, se le ocurrió que grabar con tres cámaras a la vez frente a unas gradas llenas de gente que riera sus gracias reduciría el tiempo de producción y daría, además, mayor naturalidad al recoger las reacciones espontáneas del público. Así nació la sitcom. Sesenta años después, el jefazo de la FX John Landgraf sólo puso una condición cuando dio luz verde a la irreverente, anárquica y exhibicionista serie que Louis CK acababa de presentarle: “que no se pase del presupuesto”. Louie tiene en común con I love Lucy haber convertido sus limitaciones en virtudes e inaugurar de paso una nueva manera de contar. Gasta poco en sueldos: él produce, escribe, dirige, edita e interpreta. Cada capítulo es imprevisible, distinto al anterior y todo gira alrededor de lo que al demiurgo pelirrojo le venga en gana. Louie no es una sitcom, a veces, no es ni una comedia, y la vemos cuatro gatos: las posibilidades de que algo así se convierta en paradigma de nada son mínimas, pero eso no quita para que éste sea uno de los productos más rompedores de los últimos tiempos.

Hoy se estrena en España la tercera entrega de la semibiográfica y deshilachada historia de este cómico divorciado, padre de dos niñas y residente en Nueva York. Los desastres naturales en Centroamérica, el hambre en el Tercer Mundo, las enfermedades mentales, Ikea, los ancianos, la guerra en Afganistán, los trasplantes de genitales, la zoofilia, las citas a ciegas: los grandes temas y los resquicios más bizarros de lo cotidiano son su material cachondeable. Sin que te des cuenta, estarás llorando de la risa y él, tan campante, saltará de la escatología al existencialismo en la misma frase. Pero, para los que todavía no le conocéis, ¿cuál es la diferencia entre Louie y todo lo que ya has visto? Tenemos a Larry David y a Ricky Gervais desplegado en Andy Milman, David Brent y Derek. No cortarse en decir burradas (con talento) y afrontar la vida con desilusión hace tiempo que dejó de ser novedoso, ¿qué aporta Louis CK? ¿Qué le hace tan especial? La ternura. La auténtica trasgresión, para los que ya estamos curados de espanto, es otorgarle un mayor grado de profundidad al personaje: atreverse a poner verdaderas atrocidades en boca de un individuo que no es ni un misántropo ni un egoísta, pero tampoco un necio o un cursi. Louie es otro cínico contemporáneo y también es un tío muy majo. Sabe que portarse bien es casi siempre muy cansado y no tan gratificante; que ser bueno, coherente, responsable, legal, es un ejercicio de voluntad y no algo que sale de forma espontánea. Puede confesar haberse masturbado entre la caída de la primera y la segunda torre el día del ataque al World Trade Center y a la vez ser el padre más tierno, el enamorado más dulce y el desconocido más empático.

Los críticos siempre destacan la evidente influencia de Seinfeld en la combinación de stand- up comedy y ficción en la estructura de Louie, pero la tanda de capítulos que hoy arrancan en Canal+ dejan claro que el progenitor estilístico de la serie es Woody Allen. Además de la incorporación de Susan E. Morse como montadora de la serie, hay indicios de Manhattan, toneladas Annie Hall y un capítulo muy especial con una versión actualizada de Stardust Memories. Sus mejores películas has sido las nodrizas de CK, quien guarda en su despacho a modo de altar una carta enmarcada que Allen le envió y en la que se proclamaba admirador de la serie: “Tengo un Grammy, tengo un Emmy, me importan una mierda: esa carta sí que es un premio”, el vástago orgulloso ha adoptado otra de las señas de identidad de Woody: pagar a cualquiera que actúen en su show, sea una actriz en el candelero, un mítico director de cine o un pez gordo de la comunicación, el mismo sueldo que a cualquier mindundi del sindicato.

La tercera temporada de Louie se estrena hoy a las 21.30 en Canal+

ECOTEUVE

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