Mentiras y favores

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Una anciana con demencia que consume sus días viendo capítulos de Ana y los siete en VHS, sonríe y suspira embelesada: “¡Me encanta la tele!”. Su hija, una representante de actores venida a menos, responde con dulzura, “Pues piensa que siempre que la estés viendo yo estoy ahí, detrás de todo”. Es un momento hermoso y amargo, emocionante sin ser cursi, el cierre de un episodio que reflexiona sobre la fama, sus deformidades y la necesidad de crearnos mundos felices de ficción en los que vivir, aunque sean tan chorras como un capítulo de Ana y los siete. De eso va Paquita Salas, la mejor serie española de este año que ahora acaba.

Esa tercera entrega, una pieza satírica de primera división, puede interpretarse como un capítulo de Navidad fuera de fecha. En él, la pródiga Paquita regresa a su pueblo, Navarrete, que es un pueblo cualquiera. Nos hace gracia esa necesidad suya de escondernos la vulgaridad tras una pátina de sofisticación ridícula por inexistente, de justificar el olor a estiércol, de retratar un vejete salido como una ensoñación bucólica. Pero eso es lo que hace ella, enmascarar la verdad con el tampón del Photoshop. Cuando pasea su abrigo rojo por el empedrado de la plaza como una bata de cola, hace soñar a los lugareños con la paisana que triunfó. Paquita miente por darse importancia, ella también necesita su parcela de disfrute, pero sobre todo para hacer felices a los demás. Como buena heroína, también es una gran impostora. Reparte mentiras y favores sin racanear y está dispuesta a cualquier cosa por borrar las rayas de tracking de cualquiera que se cruce en su camino, para conseguir que su plano salga nítido. Paquita Salas, la serie, rezuma buenos sentimientos y humor negro, la combinación perfecta para las fiestas.

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