Descanse en paz, “Urgencias”.

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Hace pocos meses que murió Michael Crichton, escritor de best sellers y mente calenturienta que parió argumentos demenciales como Disclosure (¿qué varón heterosexual protestaría si Demi Moore se le tirase al cuello?) o Twister (¿perseguir tornados es una profesión?), amén del trozo de resina más rentable de la Historia (con permiso del hachís, Jurasic Park recaudó en taquilla la friolera de mil millones de dólares). Todo esto es suficiente como para que yo le hubiese declarado odio eterno y, sin embargo, le estaré por siempre agradecida, porque fue gracias a Michael Crichton que yo salí del armario.
En mi casa, cuando yo era pequeña, que te gustara la tele era, en el mejor de los casos, una pérdida de tiempo. ¿Leer? Cuanto más, mejor, pero engancharte a una serie era considerado un delito de lesa disciplina. Así que tuve que disfrutar de mi amor por Remington Steele a escondidas, gracias a la complicidad de aquel primer VHS y de una cinta (la única que teníamos) machacada que fastidiaba los cabezales en cuanto desaparecía tras la alargada lengüeta. Aún hoy el crepitar del celofán me pone la carne de gallina; recuerdo el dedo sobre el botón de tracking y, poco a poco, las rayas que iban desapareciendo…
Yo pensaba que en la universidad todo sería diferente, pero no. Podías colar una cita de Woody Allen en cada conversación y nadie te consideraba una friki; al contrario: eras súper guay. Pero ay de ti si se te ocurría confesar que encendías el televisor en soledad (en grupo, también estaban permitido ver fútbol) para algo más que estar al tanto de las noticias o ver Blood Simple en el Cineclub de madrugada. Conozco a uno que se atrevió a reconocer que, en su época de instituto, había echado un vistazo a algún capítulo de Farmacia de guardia: pasó de inmediato a convertirse en un paria intelectual. Fueron unos años muy duros.
Un martes del invierno de 1996, creada por Michael Crichton, E. R. apareció en el prime time de Televisión Española. Nunca había visto nada parecido. Desde que arrancaron los créditos no pude apartar los ojos de la pantalla. La cámara volaba, literalmente, por los pasillos del County General de Chicago. Igual que el pardillo llamado Carter, yo procuraba no liarme, entre la incesante actividad y el exceso de información. Conocía la teoría, pero, como el residente novato, estaba a punto de perder la virginidad y enfrentarme al mundo real: realización, diálogos, dirección, iluminación, trama, dirección artística, personajes, se materializaron y se combinaron con agilidad, espectáculo, riesgo, trasgresión, elegancia, pulcritud, naturalidad. No había duda, aquella era la serie perfecta. Estaba en éxtasis. Envalentonada por la euforia, al día siguiente, en mitad de una tertulia de sesudos plumillas, como un kamikaze del batallón de la cultura de los integrados, declararé orgullosa: “¡Me gusta la tele!”.
Vaya si han cambiado las cosas desde entonces. Hoy en día, por ejemplo, tener un abuelo republicano está pasadísimo; ahora lo que se lleva es presumir de que en los noventa ninguno podíamos despegarnos de Twin Peaks. Yo confieso que nunca me puso demasiado tanto enano raro, tanta frase surrealista y tanto secundario de West Side Story. De todas las series que han pasado por mi vida E. R. ha sido quizá la más determinante y, sin duda, la más duradera hasta la fecha. Televisión Española se empeñó desde el principio en que lo nuestro no funcionara, cambiando los horarios de emisión y retirándola sin previo aviso. Yo, como la sufrida esposa de un médico, esperaba un nuevo encuentro ansiosa, despierta hasta altas horas de la mañana.
Después de diez años, la cosa se enfrió. No es que ya no me gustara, pero las circunstancias cambiaron mucho. Estalló una revolución y, de la noche a la mañana resultó que ya no teníamos que estar sujetos a la dictadura de las cadenas de televisión. Empezaron a aparecer series por todas partes, frescas, arrebatadoras; muchas eran solo fachada, bien es cierto, pero tardé en darme cuenta. La carne es débil y los primeros cinco minutos eran tan contundentes… me dejé seducir.
Continué sabiendo de ella por lo que leía y lo que me contaban. Lejos de perderse como lágrimas en la lluvia, los buenos momentos que pasé con E. R. vuelven ahora, justo cuando su vida se extingue, como recortes en un álbum. Recopilados, un puñado de proezas televisivas: un falso documental emitido en directo (dos veces en la misma noche: una para la costa este, otra para la costa oeste), un episodio tipo “Memento”, construido a base de pequeños tramos que, desde el final, recapitulan la historia; un emocionante secuestro en el que un escocés llamado Ewan McGregor nos tiene sin salir de una pequeña tienda y con el corazón en un puño durante 45 minutos; ejercicios de virtuosismo narrativo donde el principio de un día de guardia transcurre paralelo al final de la noche… de ese mismo día. En otra página, un hijo sordo que cura la soberbia de Benton, un esquizofrénico que abre en canal a Lucy, un helicóptero que amputa el brazo de Romano, un pequeño terminal al que Doug alivia con la dosis de morfina adecuada, una bombero que enseña a Weaver que es sano ser gay, el nacimiento de las gemelas de Carol, la muerte de Marc…
En fin, las cosas que pasan en un hospital.
Descanse en paz.
P. S. ¡Qué despiste!, casi se me olvida mencionar que E. R., como todo el mundo sabe, descubrió para el gran público a un actor que llevaba años defendiendo secundarios en la tele y que, gracias a su paso por el County General, vio despegar una brillante trayectoria profesional: desde luego, William H. Macy tiene mucho que agradecer a E. R.

 

 

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