La piel dura

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“Porque aquel que hoy vierta su sangre conmigo, será mi hermano, por muy vil que sea”. Con estas palabras azuzaba a sus tropas el Enrique V de Shakespeare. Y sobre esa idea se concibió Hermanos de sangre, la historia de la Compañía Easy, un grupo de hombres que llegó de las playas de Normandía hasta el Nido del Águila, la chocita de recreo de Hitler en los Alpes. Menudo paseo. Tom Hanks, Erik Jendresen y Steven Spielberg convirtieron un relato histórico sobre la campaña del Frente oriental en una miniserie de ficción de diez capítulos. Hermanos de sangre, que cumplirá quince años en septiembre, es perfecta para entender las particularidades de la Segunda Guerra Mundial y también para entender cualquier guerra, en general. Las de Enrique V, Shakespeare, Eisenhower o Spielberg, qué tremenda ironía es que ese sentimiento de profunda fraternidad se dé en la única ocasión en que el objetivo común es aniquilar a un grupo similar que está del otro lado.
Alguien me dijo hace poco que le daba pereza volver a verla, “¡Bah!, la serie está bien, pero es que tanta camaradería, me satura”. Ésta es una historia en la que la gente se dispara a bocajarro, donde críos que no tienen edad de tomarse una copa saltan por los aires despanzurrados y jefes egoístas arrastran en su ineptitud a una legión de subalternos a una muerte horrible. Todo fotografiado con tal pericia que tienes la sensación de que a veces la sangre te salpica en la cara y te llega el tufo de las explosiones. ¿Y el problema es que hay buen rollo entre los soldados? Empieza a resultar ridícula esta obsesión que tenemos por el antihéroe, como si la única forma de crear personajes fuera la de exhibir todas sus taras morales.

REVISTA 21 MARZO 2016

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