Infiel

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“¿Cómo es posible que no se diera cuenta?”, “Esas cosas se notan”, a menudo reaccionamos con cierta condescendencia cuando nos enteramos de que a alguien le han sido infiel. No sólo porque pensemos que, de alguna forma, la persona engañada pueda ser en parte responsable de la traición, sino porque sentimos que marcar distancia en estos temas nos garantiza inmunidad. La ficción más morbosa de la temporada se llama Doctor Foster y es una serie británica de cinco capítulos que arranca cuando una impecable médico de familia con una vida de diseño descubre que su marido se la pega con otra. Está llena de tópicos y de lugares comunes asociados a las historias de infidelidades conyugales, pero, claro, qué historia de cuernos no es un cliché. Tras un bache en el segundo capítulo, la serie despega y ya no te la sacas de encima. Todo el rato tienes la sensación de estar asistiendo a un relato de medio pelo sobre un tema tan antiguo como el mundo y, al mismo tiempo, irresistible.

La esposa descubre el pastel casi de inmediato y entra en una deriva justiciera un tanto particular que es el hilo conductor hasta el final. Aunque lo que nos interesa, como a ella, son los pormenores escabrosos de la aventura. La serie se regodea en el cómo, desde cuándo, con quién, dónde. Y acierta, sobre todo, en la descripción del marido infiel, que no es arrebatador, ni siquiera demasiado inteligente, sino un embaucador de pacotilla. El actor que lo interpreta tampoco es en exceso brillante, lo que otorga por completo el mérito al creador, Mike Bartlett. No cae en la tentación de revestirlo de encanto ni de convertirlo tampoco en un ser despreciable. No es en absoluto extraordinario y por eso resulta creíble. No es más que otro inmaduro y autoindulgente mindundi.

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