Hija de…

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En nuestra época no está bien
visto heredar privilegios. Tenemos la estúpida creencia de que, para ser dignos
de ellos, nuestros haberes deben ser fruto del esfuerzo. Por eso, cuando a los
hijos de artistas consagrados les da por seguir los pasos de sus progenitores,
nos dejamos corroer por la envidia delcurrelante, repartimos mayúsculas
enes (de nepotismo) escarlata y les acusamos de ocupar una plaza para la que no
han hecho suficientes méritos. Los agentes de Hollywood, esos astutos seres que
diseñan las vidas irreales que el resto del mundo codiciamos, aprenden en
primero de carrera que, para hacer simpático a un retoño enchufado, hay que echar
mano del subterfugio del cine indie.

El caso más resultón de los últimos años ha sido el de Sofia Coppola y el
más reciente el de Amy Redford. El padre de la primera, Francis Ford, ya había
encontrado trabajo en el negocio a toda su parentela, incluyendo, por
desgracia, al cargante primo Nicholas (Cage); la niña de sus ojos, claro está,
no iba a ser menos. Por su parte Robert, el Sundance Kid, es el
tipo que robó Utah a los mormones convirtiendo las cabañas de los alrededores
del Lago Salado en los cuartos de visionado de aquellos ejecutivos de majorsque
otrora le concedieron el título de Brad Pitt de los 70; entre
tanta pasta y tanto amigo, raro sería que no encontráramos dónde colocar a la
niña.
Tanto Amy como Sofia probaron suerte primero en la interpretación. No eran ni
guapas ni buenas actrices, así que optaron por ocupar la plaza que se les
reservaba por derecho de nacimiento y pasar a dirigir películas. Para nuestra
tortura (y su descrédito) la saca de la herencia paterna no incluía talento. La
diferencia entre Sofia Coppola y Amy Redford es que la primera se juntó con una
pandilla más molona. Esos domingos viendo la MTV y fumando petas con su colega
(después marido y actual ex) Spike Jonze no cayeron en saco roto. Si su debut
cinematográfico, “Las Vírgenes Suicidas”, era un videoclip muy largo con la
profundidad narrativa de un vaso de chupito, “The Guitar”, la opera prima de la
benjamina de Redford, tiene la de un dedal. La trama del film, que se ha
paseado sin sonrojarse por los festivales de Karlovy Vary (República Checa) y
Valladolid (España), serviría, bien para la contraportada del DVD, bien como
testimonio de octavilla de una de esas religiones de nuevo cuño que se anuncian
a las puertas de los herbolarios. “Mel era una chica anodina con un trabajo, un
novio, una vida, en definitiva, que no le gustaba, hasta que una mañana le
diagnosticaron un cáncer terminal. Mel decidió entonces mandarlo todo, vida,
trabajo y novio, a hacer gárgaras” Sí amigos, en el universo de Amy Redford las
chicas normales se parecen a Saffron Burrows y los tumores mortales se curan
entonando el carpe diem del niñato pijo: pasa de lo que te
digan, alquila un ático de lujo, llénalo de lámparas de decoración del Soho, de
a cuatro mil la pieza, conviértete en el auténtico Guitar Hero y,
sobre todo, monta orgías con extraños; que quede claro que no estamos en 1987 y
que esto no es una peli de Penny Marshall para la Disney.
No sé si Amy Redford terminará ganando uno de esos Oscars de discriminación
positiva, verbi gratia, la primera rubia menor de 45 años que consigue sacar un
largometraje de un guión con cuatro páginas de diálogos. Da igual. La mitad de
nosotros mataríamos por conseguir lo que es, hasta la fecha, su mayor
aportación a la historia del audiovisual: un figurante con frase en un capítulo
de “Los Soprano”.

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