Herencia

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Uno de los puntales de la estupenda segunda temporada de The Americans es la relación de los protagonistas, dos espías soviéticos que viven como un matrimonio de clase media en Washington, con sus hijos, a los que han criado como americanitos de pro en un barrio suburbial de la era Reagan. En concreto, el desasosiego que les produce que la hija mayor, Paige, haya estrenado su rebeldía adolescente eligiendo la mayor transgresión que unos padres comunistas puedan imaginar: hacerse cristiana. Paige no conoce la identidad oculta de sus padres, pero sí sabe de su odio visceral a la religión, así que cuando intenta hacerles comprender que lo suyo es una auténtica revelación no podemos evitar torcer el morro y dudar de si no serán ganas de tocar las narices.

Sea vocación genuina o no, la joven encuentra en su grupo de catequesis un espacio de libertad propicio para enfrentarse a la autoridad de sus padres, a quienes considera apáticos y mentirosos. Philip y Elizabeth Jennings han entregado su vida y su alma a una causa, y es ese sacrificio, que de una u otra forma les define como individuos, lo único que no pueden compartir con su progenie. Cuando la cría pide participar en una manifestación antinuclear con sus amigos de la iglesia, su madre caen en la cuenta de que quizá haya información que viaja adherida al código genético y sea capaz de derribar su muro de secretos cotidianos: “Es igual que yo, quiere cambiar el mundo, solo que está buscando en el sitio equivocado”. Ese este momento de comunión con una hija que demanda su paso a la independencia adulta cuando se produce la primera muesca en la fe ciega que el matrimonio tiene en su opción vital. Y cuando el relato de los Jennings se convierte en algo tan convencional como extraordinario.

05_ABRIL 2015

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