Fox life & the City

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No todos los neoyorkinos pueden permitirse el lujo, como Victoria Grayson, de disfrutar de un veraneo perpetuo en Los Hamptons. La mayoría sigue al tajo y, tras la modorra estival, la ciudad va cogiendo ritmo según bajan los Fahrenheit en el termómetro. A trabajar o de vacaciones, yo a Nueva York voy sobre todo a empaparme de monóxido de carbono y de historias de la tele. Lo llaman temporada de otoño, pero aún calzo sandalias en mis paseos por la ciudad, cuando los carteles con las series que vendrán empiezan a forrar las marquesinas. Puestos a soñar, no me importaría vivir en el apartamento subarrendado del Ladrón de guante blanco Neal Caffrey. El edificio en cuestión, la mansión Schinasi, es la única casa casa (o sea, no es un bloque de apartamentos) de propiedad privada de la isla. Se vendió el año pasado al precio de ganga de trece millones y medio de dólares. Yo me consuelo en plan envidioso; a juzgar por el andamio que lo cubre en estos días, seguro que tiene goteras y las vigas pulverizadas por termitas.

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Neal es un new yorker clásico, con ese halo de golfo y esa percha maravillosa capaz de combinar trajes de firma y complementos vintage adquiridos en tiendas de segunda mano. Una afición que compartimos él y yo, además del apego al Upper West Side, es la de encontrar tesoros oculto en las thift shops.

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La que no compra de baratillo es Olivia Pope. Puede rebajarse a lucir un pañuelito de Barneys, unos guantes quizá, pero su fondo de armario se nutre de Pradas, Kors, y Armanis de estreno. De hecho, los grandes almacenes Sacks Fith Avenue (aquellos donde pillaron mangando a Winona Ryder) sacaron una línea de primerísimas marcas de inspiración Scandal coincidiendo con el estreno de la tercera temporada.

 

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Sabemos que la ‘solucionadora” política vive y pena en Washington, sin embargo, no sólo allí acapara titulares llamativos. Un enorme letrero en Times Square se pregunta dónde demonios se ha metido Olivia Pope.

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Dice Fran Lebowitz que los manhatanitas de pro se comportan en Times Square como en los bares gays durante el
siglo pasado, dando torpes excusas del tipo “yo no vengo nunca por aquí, es que acompaño a un amigo”. Al centro de la estridencia comercial se viene a hacer el turista, a mirar embobado los luminosos, con el bolso prieto bajo la axila como las señoras de provincias para que no nos roben la cartera. Incluso los chicos de Glee sucumbieron a la fascinación del neón en su primera visita a la Gran Manzana.

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 Ahora ya muchos de ellos hacen trasbordo sin quitarse las mallas del McKinley High a NYADA, esa escuela de arte dramático de Nueva York que, como la de Fama, sólo existe en la ficción. Si a alguien le hace ilusión estudiar teatro, música y baile en Nueva York y quiere picar alto puede intentar acceder a la Juilliard School, uno de esos centros a los que siempre acompaña la etiqueta de prestigio y que tiene una localización impagable, pegadita al Lincoln Center y frente a la Metropolitan Opera House.

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Cuarenta años antes de estrenar The Crazy ones, Robin Williams consiguió una de las veinte codiciadas plazas anuales, beca incluida, para el Programa de interpretación avanzado de John Houseman, el mítico colaborador de Orson Welles.

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Compartió clases con su gran amigo Christopher Reeve, con William Hurt y con Mandy Patinkin, el circunspecto Saul Berenson, un grandísmo actor que reaccionó bastante bien aquella vez que Barbra Streisand disfrazada de estudiante de la yeshivá le enseñó las tetas. El señor Patinkin ya era un figurón de Broadway cuando se estrenó Yentl; ahora es una deidad. Josh Gad no llega a tanto, pero, ahí donde lo veis, fue un predicador de los Santos de los Últimos Días en el reparto original de The book of mormon.

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El estúpido metepatas hijo del presidente Bill Pulman de 1600 Penn estuvo a punto de ganar un Tony en el año 2011 por interpretar al estúpido metepatas Elder Cunningham en una de las más agudas, clarividentes y divertidas reflexiones sobre la religión, cualquier religión, que se ha visto en mucho tiempo en cualquier medio. Desde Broadway, otro con metro directo (quizá… Sí, ¿no?) a Pennsylvania Avenue es Eli Gold.

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Alan Cumming es el maestro de ceremonias de Cabaret que da la entrada a zed international sensation Sally Bowles interpretada por Michelle Williams, una descastada de la tele que ya no se acuerda de cuando se arrimaba a James Van Der Beek en Dawson crece. Ella se lo pierde.

Casi me estampo contra una farola por ir leyendo por la calle. La revista People destaca The good wife entre sus quince series imprescindibles para la nueva temporada. No es que yo necesitara que ninguna revista me recuerde que será lo mejor que veremos en las próximas semanas: Alicia Florrick pisando fuerte. Con zapato cerrado, que ya arrecia el frío.

 

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