El efecto Scully

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Vuelve Scully. Y Mulder también, claro. Vuelve Expediente X. Raptos alienígenas, chanchullos gubernamentales, las linternas, el tipo que fumaba, la verdad está ahí fuera, vale, pero el mayor atractivo de la serie siempre fue el rollo de sus protagonistas. El no rollo, en realidad, ese vínculo nunca definido del todo. En muchos aspectos, las series de los noventa eran como las primeras jornadas en un campamento infantil: había que establecer quién le gustaba a quién antes de empezar a jugar. Pero Fox Mulder y Dana Scully eran distintos; atractivos, inteligentes, valientes y del todo centrados en su trabajo, en su misión. Los dos. Ni pizca de romance. La serie acabó en 2002 y su herencia se dejó notar en todo lo que vimos después, dentro y fuera de la tele. Existe una teoría no demostrada que habla del “efecto Scully”, de cómo muchas adolescentes que crecieron con la serie optaron por emular a la doctora en medicina que trabajaba para el gobierno persiguiendo a los malos pistola en ristre en vez de a la profesional mona que buscaba el amor en la gran ciudad.

Para la actriz Gillian Anderson, el efecto Scully fue poder componer una carrera ejemplar desde que dejó atrás a la agente del FBI. Hizo teatro en Londres, interpretó a la amargada señorita Havisham de Grandes esperanzas, a una pasivo- agresiva psiquiatra en la serie más atrevida de la tele, Hannibal, y a otra agente de la ley en La caza, una mujer que redefine los conceptos de fuerza e independencia. Los productores de Expediente X le ofrecieron la mitad de dinero que a su coprotagonista por el reboot de la serie. Me la imagino en esa reunión, con la boca abierta, sin dar crédito, teniendo que insistir en el tanto monta, monta tanto. Anderson negoció y venció: el último triunfo del efecto Scully.

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