De oro

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La mayoría de las series que vemos no pasan de ser entretenimientos más o menos sofisticados. De un tiempo a esta parte hablamos de la tele como si fuera un generador de maná audiovisual y es verdad que las series son más y más heterogéneas que hace décadas, pero pretender que todo lo que se produce tiene categoría de obra de arte sólo porque le entretiene a uno es una estupidez. ¿Cómo se mide la calidad de una serie? Los departamentos de márquetin son expertos en sacar partido a los baremos más evidentes: la audiencia y los premios. Sin embargo, los Globos de oro van a ignorar este año de forma absoluta la mejor serie que se emite en nuestros días: Mad men, la historia de Matthew Weiner sobre los publicistas de los años sesenta.

También las series, como las personas, pueden pasar de ser la guapa del baile al friki en el rincón. Pero en este caso es como si en una verbena se presentase Charlize Theron vestida de Dior y nadie le dirigiera la palabra. Mad men, que le robó el corazón a todos los de la fiesta hace siete años, ve ahora cómo le pasan por delante candidatas mucho más vulgares (de las seleccionadas a la categoría máxima, Mejor drama del año, sólo una, The good wife, podría medirse con ella de igual a igual), un atentado contra el buen gusto y contra el sentido común. No hay creación más perfecta ni más entretenida en la televisión en activo. Dirán ustedes que no he dado una sola razón, salvo que a mí me gusta mucho, que justifique mi idolatría por una serie ve muy poca gente y de la que, no sólo los Globos de oro, también los Emmy se han olvidado. Y tendrán razón.

02_enero 2015

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