Cómo ser David Boreanaz

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Viendo cualquier capítulo de Bones a una le entran ganas de usar aquel
jingle de Les Luthier para preguntarle a David Boreanaz: “usted, que está habituado a que los hombres lo respeten y las
mujeres lo admiren; usted, ¿nos puede decir cómo hace?” Con cuatro muecas como
único repertorio gestual Boreanaz ha conseguido que su Seeley Booth, el agente
del FBI que resuelve misterios junto a la forense Temperance Huesos (Bones)
Brennan, sea ese tío simpático al que todos quieren llevarse de cañas. Para las
chicas, Booth es simplemente adorable, por usar uno de esos adjetivos en desuso
y tan habituales en los doblajes de los ochenta. Le va al pelo, además, porque
Bones es una serie antigua en los valores y también en la forma, con
protagonistas que no disimulan un patriotismo modelo administración Reagan y
que dialogan como Maddie Hayes y David Addison en Moonlighting.
Admitámoslo: esos ratos compartidos en el coche camino a levantar
el enésimo cadáver, con carga extra de metralla dialéctica y sin más tema que el
“pues anda que tú”, son deliciosos. Cualquier día estallarán la burbuja de la
tensión sexual (la serie va por su cuarta temporada y no va a pasar mucho más
tiempo antes de que los enrollen) y, tras un apoteósico beso y coito en
elipsis, la cuadriculada Brennan le pedirá al emocional Booth que se case con
ella porque, según todas las teorías antropológicas, el matrimonio es la
consecuencia del amor. Booth dirá que sí, claro; no porque sea conservador, que
lo es, sino porque es ese tío que siempre hace lo que hay que hacer. Que sea
tan salao es lo único que evita que su
americanismo no nos dé grima: él mismo reconoce, con toda la gracia, que “si
hubiera sido policía en la época de los colonos, les hubiera reunido a todos y
les hubiera convencido para que se rindieran, y aún seríamos ingleses”.
La legión de admiradores de David Boreanaz se lleva acumulando
desde mediados de los noventa. La primera de la que tenemos noticia fue una
amiga de la entonces guionista y ahora productora ejecutiva Jane Espenson.
Viviendo en carne propia lo que decía Hannibal Lecter de que “la codicia
empieza por lo que vemos cada día” la buena mujer se obsesionó con un chico que
paseaba al perro por su urbanización a la misma hora que ella volvía del
trabajo. “No te puedes hacer una idea de lo guapo que es, Jane”. Tras escuchar
la descripción, Espenson se convenció de que el vecino de su amiga era el
veinteañero que los productores de su serie andaban buscando como locos: un
actor que encarnara la fantasía adolescente del “chico mayor” que no se parece
a los pajilleros de clase, el Angel perfecto para acompañar a Buffy,
the Vampire Slayer
.

Aunque
de cerca bizquea, David Boreanaz era lo que las abuelas llaman un buen mozo:
alto, limpito y delgado sin ser tirillas, en el punto justo de tío
bueno, vaya. Guapo, muy guapo, y también soso como la comida de un hipertenso.
Angel podría haber sido el vampiro humanizado, de alma torturada y aire de
doliente perpetuo y nada más. Otro galán blandito, demasiado varonil para ser
ambiguo pero un pelín castrado, a la sombra de una novia que le daba sopas con
honda a Van Dame en lo del Kick Boxing. Josh Weddon, el creador del Buffyverso,
es cualquier cosa menos tonto; vio que el personaje se le amariconaba y le hizo
a Boreanaz el regalo que cambiaría su carrera: reconvirtió al luminoso guaperas
en el mismísimo Lucifer. Transformó a un lánguido Louis en el más retorcido
Lestat. Como todos, Angel, cuando era bueno estaba bien, pero de malo era
muchísimo mejor y, siguiendo un proceso de calentón tradicional, las niñas
pasaron en muy pocos capítulos de suspirar por sus huesitos a desear que les
mordiera el cuello. El revuelo hormonal fue suficiente como para que a
principios de la tercera temporada de Buffy…, ya
tuviera firmado un spin off con nombre propio. QueAngel, la serie, no fuera más
que una réplica de segunda categoría del original no es culpa del esqueje
Boreanaz, que floreció según lo previsto a medida que se independizaba del
vampiro y se convertía en estrella. Ganó peso bruto (se puso fondoncillo) y específico
(con gramos extra de experiencia y toneladas de ironía), y empezó a mirar a los
cuarenta con una sonrisa de medio lado.

Booth como Angel está lejos de ser perfecto. También él tiene un
pasado sanguinolento del que se arrepiente (trabajó como francotirador para el
ejército). Sin embargo es un diligente padre soltero que babea cada vez que Huesos Brennan cae en uno de sus impúdicos
alardes de conocimiento. Está encantado siendo el músculo (y el corazón) tras
el cerebro de su compañera. En el primer capítulo, el muy chulito, le dejó
claro que si ella tenía un doctorado, él tenía placa y pistola. Ideas antiguas
para un personaje que, de nuevo, tiene en enfrente a una mujer que puede, sin
ayuda, con todo. Él, que ya se sabe el papel, ante la amenaza de los malos le
suelta frases como, “vale, ya has demostrado que eres una mujer fuerte, segura
y… no vas a volver a salir nunca más sola”. Ella está encantada porque, será
todo lo tarugo que quieras, pero ha hecho realidad otra fantasía adolescente:
la de que la empollona, al final, se queda con el capitán del equipo de
fútbol.”

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