Cabeza de león

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Debió suceder muy pronto para Danny Strong ese punto en su carrera como actor en que se dio cuenta de que nunca dejaría de ser el pringado del grupo. Su corta, cortísima estatura y cuerpecillo enclenque limitaba su acceso a otros papeles que no fueran el que recibe todas las collejas. Josh Whedon tiró de él en Buffy, Cazavampiros para dar vida a Jonathan, un friki fanático de James Bond que fantaseaba con tomarse la revancha de todos los que le hicieron sufrir en el instituto. Bien entrado en la veintena cualquier intérprete con dos dedos de frente sabe que es momento de renunciar al recurso Michael J. Fox por el cual si pareces un adolescente puedes seguir interpretando a uno de por vida. Y Strong, aunque aproveche su voz nasal para darle el punto bobalicón definitivo a casi todos sus personajes, de tonto no tiene un pelo. Buscó papeles más adultos con la misma vocación circense (reíos de mí, pero pagadme) hasta lograr formar parte del elenco de dos de las series más relevantes de estos tiempos: Mad men y Girls.

El secreto de su éxito ha sido desarrollar una asombrosa carrera paralela como guionista que le ha colocado entre los más cotizados escritores de la tele y también del cine (está escribiendo la entrega final de Los juegos del hambre). Todo empezó con su doble exorcismo de las bestias más recientes del partido republicano. Suyas son Recount, sobre el jaleo de los votos en Florida que le dio la presidencia a Bush en el 2000 y Game change, la asombrosa aventura de Sarah Palin, a propósito de cómo los máximos puestos de responsabilidad no hacen ascos a los más tontos. En estos días disfruta a la sombra de Empire, un culebrón de raperos por el que los americanos se han vuelto locos. Nadie daba un duro por esta serie. Por el pequeño Danny, tampoco.

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