Americana

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American Crime es una serie difícil. Cada vez que la recomiendo me siento en la necesidad de advertir que no es apta para cualquiera. Si lo que busca es llegar a casa y desconectar, relajarse con una copa de vino y olvidar los malos rollos, ésta no es serie para usted. El título puede llevar a engaño; no se trata de un thriller, no hay tiros, persecuciones ni policías carismáticos soltando frases peliculeras. Y, sin embargo, es un título acertadísimo. El gentilicio no se refiere al asesinato con el que arranca la serie, el de un chaval blanco de clase media por un trapicheo de drogas en el que anda implicada gente de color. Alude a una tragedia de dimensiones colosales, al conjunto de pecados cotidianos de una sociedad incapaz de asumir su propia diversidad.
John Ridley, el creador de American crime, es un escritor que ha hecho de las relaciones interraciales en Estados Unidos una constante en su carrera, ya sea como guionista de Doce años de esclavitud (película por la que tiene un Oscar como productor) o inventando chistes para Will Smith en El príncipe de Bel Air. Estos once episodios le han dado para montar un heterogéneo cuadro de personajes feos, vulgares, que se mueven por egoísmo y por instinto de conservación. El ex convicto Richard Cabral, la estrella de Hollywood Felicity Huffman, todos los actores se despojan con acierto de cualquier rastro de glamour para convertir a sus personajes en seres humanos con vidas tristes. American crime resulta antipática y desagradable y nadie debería perdérsela. Cuando arranque, usted pensará que toda esta escabrosa realidad le pilla muy lejos de ese sofá en el que se apoltrona con su Ribera del Duero en la mano, pero antes de que termine el primer episodio entenderá que más allá de la idiosincrasia, esos tipos son los mismos que pueblan el patio de su casa.

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