A dieta

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Dice el saber popular que cuando el diablo no sabe qué hacer, con el rabo mata moscas. Hannibal Lecter, uno de los delegados de Belcebú más activos de la ficción (protagonista de las novelas de Thomas Harris, de varias películas y de la serie de televisión que lleva su nombre de pila en el título), prefiere emplear su tiempo libre en pulir sus dotes de máster chef. Y cómo le luce. En cada creación culinaria, el buen doctor ofrece una virguería antropofágica. Hannibal es una serie, como las recetas del caníbal del Baltimore, repulsiva en esencia, pero con una apariencia atrayente y deliciosa.

Bryan Fuller se ha empeñado en contar una historia complicada, diseñada para no gustar, demasiado difícil, demasiado violenta. El tema central, referido en la novela El dragón rojo, es la relación entre el investigador Will Graham y el doctor Lecter, la camaradería, casi hermandad, y también el más descarnado enfrentamiento entre estos dos hombres. La apuesta de la serie es no ofrecerlo como una evolución, no pasar de la amistad a la enemistad, sino servir un gazpacho de sensaciones. Will y Hannibal son rivales y también aliados desde el primer minuto. Se identifican como iguales y sienten un apego malsano, patológico; el riesgo que cada uno supone para el otro es sólo un aderezo más en esta ensalada que combina un montón de elementos ya conocidos con sabores nuevos. Hannibal ha conseguido servir tres temporadas raras, distintas, arriesgadas, antes de que la cadena que la emite, la NBC, haya decidido que es hora de ponerse a dieta. Yo, que me he relamido con cada capítulo, hubiera seguido gustosa, igual que los convidados a la mesa del doctor Lecter, tragándome lo que quisieran servirme, sin saber muy bien la mitad de las veces de qué se trataba. Afortunadamente.

08_JULIO 2015_2

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